Monday, December 19, 2011

Poesía de Invierno


El primer invierno fue un derrumbe
una tierra dibujada con un trozo de carbón.

Fue así,
aquello al comienzo
era una casi antigua
y yerma estepa
acabada de inventar.
Vimos la hiedra
la piedra seca
la flor de la escasez,
y cada árbol
destejido
mansamente
supo del viento
que tocó sus ramas
y del peso de la luz
que finalmente las dobló.

Fue así,
se murmuraba:

Es invierno
entonces
todo importa,
merodea
en las cosas
la sensación
de la belleza
y los hombres
atados a la tierra
y al capricho del agua
vuelta piedra
están aprendiendo a esperar.

Fue así,
en el invierno
el hombre crió
la hierba
y la costumbre
de verla oscurecer.
Las ramas se doblaron
a causa de la luz
y la tierra
dibujada
se hizo lenta
y perceptible
y por meses
ese era
su único don.

Wednesday, October 7, 2009

Respirar


No es la historia de una pérdida porque es una historia de amor. Sobre el peso de otro cuerpo en la sombra cuando una habitación se hace FINALMENTE respirable. Allí, aunque es pequeña, todo existe. Allí, la pared espejea el cuerpo. La cama tiene el cuerpo y todo el universo del cuarto lo repite. Nunca a su lado dormía sabiendo el valor del sueño. Pensaba en dormir pero creía “esta vida es breve”, quiero decir, la vida en la habitación que es respirable la noche entera. Una puerta que existe, un cobertor que se cubre de insospechada importancia. Todo es respirable, también el aire. El gesto que viene, saber que lo sabía venir, su boca también respirada y la ventana que mira a ventanas afuera. El cuarto son sus cosas, las cosas que lo tocaron, la sensación de él. Fuera de su cuarto puedo dormir, pero sólo respiro ecos de corredor, barracas del aire de esa casa.

Tuesday, September 1, 2009

Agua

todo el invierno hemos cosechado visiones de agua. Además de lo visible, el invierno no dió para recoger, y todos los lugares de este mundo trajeron una visión de desierto a los hombres; el yermo, los descampados sin tregua. Desde el aire, los bosques simulan campos recién quemados. De haberlo visto antes habría comprendido aún mejor el ser del desierto. De haberlo visto antes, habríamos hablado con los otros sobre el tema de la tierra en quietud -secreta para sí misma- retirado el murmullo de cosa viva. Tramos y tramos de esta visión de cascadas detenidas en fuga, insólita para los que nunca antes vimos agua suspendida en movimiento

Tuesday, May 5, 2009

Del Viaje

 
Formula 1.
Grand Prix y Algarabía


A toda velocidad, en dos aeronaves modernas, son dieciséis horas desde la costa Este de Estados Unidos al centro del Golfo Pérsico, en la isla de Bahrein. Será asunto de la velocidad, pero sólo abordando el segundo avión, pasado el ritual de aeropuerto –aparatoso rigor con que todos nos quitamos y ponemos los zapatos- me voy dando cuenta de que subimos a un avión mastodóntico de cuatro cabinas, dos pisos y complicadas estaciones en la primera clase.
Me resulta extraño el tamaño del avión, pero más aún lo saturado que está el vuelo. Me dijeron que el Reino de Bahrein no ajusta un millón de habitantes y que el turismo en la isla no es del tipo corriente; más que todo se viaja allí por negocios -petróleo, perlas, finanzas…- no me entero bien… pero sólo hay que darle una rápida ojeada al ingreso per capita de Bahrein y al poder del Dinar frente a monedas occidentales, para entender que el turismo de la isla es especial, especial de una manera que no descuenta el lugar del dinero.
Poco a poco me voy dando cuenta -ya bien acomodada en la silla y con tiempo para mirar- que sucede que -sustrayéndonos a Hadi y a mí, y quizás a algún otro señor despistado- todo el que va en este avión sabe muy bien a qué viaja: se dirige al circuito Grand Prix 2009 de la Formula1 que inicia esa misma noche en Bahrein.
Para una colombiana que sólo sabe de Fórmula 1 lo que aprendió por error en los tiempos de Juan Pablo “Segundo” -no el papa polaco sino el piloto colombiano- resulta curiosa la banderita a cuadros en la línea del puesto de migración, y así de curiosa le resulta también al oficial de inmigración la cara media alelada con que decimos -el escritor iraquí Abdul Hadi Sadoun y yo- que nosotros No venimos para la Formula, que somos invitados a la celebración del día Mundial de la Poesía. Así terminamos en Segundo Control Migratorio.
En camino al Hotel, donde nos llevan los primeros amigos de La Familia de escritores de Bahrein, la conversación se enciende a propósito de un drástico descenso de velocidad. Es el tapón, explica Hadi, el conductor se ofusca y dice que son todos sauditas. Vienen aquí por la Formula, porque los bahreinís son libres de beber si les place y de llevar la ropa que quieran, y porque existe un puente que en treinta y cinco minutos conecta la isla con la Península Arábiga. El que lo está contando se llama Ahmed, y es cercano desde el primer momento, como todos los que voy conociendo en el viaje, gente cuya cortesía es un recurso de intimidad y no un aditamento social, gente que abre la puerta a sí misma -No sabría cómo explicarlo, pero me recuerda Colombia, quiero decir, en nuestra reacción ante el extranjero que a veces incluye una generosidad sin términos, que es casi un derroche-.
Ahmed cuenta que no le interesa la Formula en sí, aunque sí le interesa la forma en que la carrera distrae la atención sobre noticias del último mes, noticias como aquella de que 150 personas fueron recientemente apresadas, sindicados de oposición al Sheikh. No nos hablarán mucho de eso, los bahreinís están orgullosos de su tolerancia y sus libertades y en ello la monarquía es una especie de mal sabor. Es evidente que batallan por más, en especial en lo que se refiere al gobierno y la libertad de expresión. “Es complicado”, “en especial para los intelectuales” - secunda Jaffer. No insisto, cambio la pregunta a Jaffer y digo si alguna vez tomó el puente de Arabia en la dirección opuesta. Él me responde que Sí, que lo hizo una vez con su mujer y su hija…también añade Jaffer, como emplazado en cierta región del orgullo: “Aquello fue un viaje de 25 minutos y haber vuelto en el tiempo 250 años”. Supongo que lo dice así porque vamos hablando de la velocidad.

Mar interior


La palabra Bahrein quiere decir “Reino de dos mares” y esto es porque en cierto punto del golfo un río que cruza de Asia a la Península Arábiga extiende su corriente de agua dulce por en medio del Mar, y el agua salada no la corta. Parece que es por la densidad propia del Mar interior que ocurre este extraño fenómeno, o porque el Mar se apacigua tanto en el Golfo que no logra rendir la corriente del Río. En cualquier caso, esas dos calidades del agua, se dejan ser mutuamente.
Me han dicho que históricamente han atribuido el asunto a la bondad de un milagro; por tanto -me digo- no tiene caso abogar por otras explicaciones. Es como es. En todo caso me piden que lo imagine: que los pescadores llevan sus barcas hasta cierto lugar de la costa donde empieza la línea del agua que se deja beber, y así lo imagino: que hunden botellas y cántaros en el agua para llevarla a su casa, que sacan el agua del agua como si este mundo fuera otro.

El dueño de casa y los regalos


Yo habría pensado que Bahreín era un país sin ciudad de no haber sido por el mercado, al que pedimos que nos lleven para comprar algunos regalos. El mercado está en Manama, que es la vieja ciudad, ésta es -me voy dando cuenta- una ciudad más del tipo corriente latinoamericana, con casas apiladas, pequeñas mezquitas, tiendas de vidriera, de toldos al aire libre; gente que bebe café en locales de callejones y ventanas que guindan trapos de pobre. Dicen que ahora son hindús los que viven en la vieja ciudad, porque es sobre todo este grupo el que trabaja en servicio y comercio. Los bahreiníes se han retirado a vivir en las villas o en los nuevos complejos habitacionales que permite idear el desierto, porque es así, donde sea que uno mire en las zonas alejadas del centro se está construyendo algo, el Hotel mismo en que nos quedamos está en una zona a la que hace poco llegaba el mar, de modo que la floresta de edificios en medio de la que estamos está sembrada es un trozo tierra inventada, como es común en estos días en la arquitectura del desierto.
En Bahrein, me parece, hay una muy particular relación entre territorio y dominio. Todo empieza en el curiosísimo mapa, 665 metros cuadrados, debidamente señalizados desde el extremo superior de la isla, en el aeropuerto de Manama, hasta un lugar meridiano donde está la Universidad y las tremendas instalaciones del Circuito de Formula1. Dicha zona corona el inicio de un vasto y silencioso desierto en donde se acaban las marcas del mapa. -¿Qué queda aquí? Aquí, donde el mapa no marca nada-. Ellos dicen que es sólo un desierto, un gran despoblado. Otros dicen que son forestas de palmas y que hace tiempo hubo una cárcel ahí. En todo caso no saben bien, los territorios son privativos del Sheikh, Hamad bin Isa Al Khalifa, Rey de Bahrein. -¿Y este lugar al Sur?- una formación de tierra particular en el mapa, que resembla las islas artificiales de Dubai-. “Se llama La perla” me cuenta un estudiante universitario “Sabemos que existe, pero no la hemos visto”.
Así que aquello que los bahreiníes llaman Bahreín lo vamos recorriendo en una mañana de extremo a extremo, bordeando las líneas de Occidente y Oriente, y el viaje no toma más de dos horas. Pasamos al menos dos veces en el mismo día frente a la Mezquita Al Fateh, que me parece es la más grande de todas. Cuando la estamos cruzando de nuevo quiero tener la misma suerte de la mañana cuando pasamos mientras llamaban a oración. El canto es bellísimo como lo es la Mézquita, como lo son a menudo las que llaman casas de Dios.
En todo caso no entramos en esa mezquita, no nos dan ganas de eso, por el contrario sí vamos a una que es mucho más pequeña y está en la ciudad, una mezquita verde que es chiita, me explica Hadi, y exhibe por eso la imagen de su Imam. Para entrar en la mezquita intento ponerme un velo que me dieron en el mercado, pero me dicen que no importa, que está bien, va a ser suficiente con que me quite los zapatos a la puerta. Ya dentro me parece que se trata de un lugar especialmente preparado para celebrar, con asientos muy cómodos y toldos de muchos colores, verde y rojo, en especial, aunque ahora mismo no pasan nada allí. Al salir estoy llevando en la mano el velo y una botella de perfume del mercado, son mis regalos. Hadi no lleva nada, pero está complacido en verdad, dice que no ha estado en un sitio así desde hace ya doce años, cuando salió de Bagdad. Entonces recuerdo que el primer día en la Isla, camino de un restaurante, Hadi quiso bajarse en una casa de una villa. Como estaba abierta la puerta trató de llamar la atención del dueño de casa, pero nadie salió. En el antejardín había un árbol que metía las ramas entre las columnas de la casa, el árbol se llama Sidr y es sagrado para los chiitas, me dijo Hadi; después cogió el fruto que es como una especie de pequeña manzana. En eso llega el dueño de casa, Hadi se disculpa pero éste le dice que podemos coger cualquier cosa, que en todo caso todo es de Dios.
De vuelta a América, en el aeropuerto de Filadelfia, en Estados Unidos, me acuerdo primero de mi amiga Juliana que citaba a Mark Twain para decir que el invierno más largo de su vida fue un verano en San Francisco, y me acuerdo después de mi amigo Antonio que anuncia que si ha llegado el verano es porque se van los ratones y llegan las cucarachas. Se nota que entristece un poco volver. En el aeropuerto hay más ritual y manía que nunca, durante mi ausencia ha estallado la fiebre de la gripa porcina en América y yo me pregunto si debo empezar a preocuparme también yo, o si a cambio estoy tarde para llamar a todos mis hermanos. Me pregunto en qué piensan los del control sanitario cuando revisan las maletas o los oficiales que se frotan las manos con crema antibacterial o las madres o yo misma en qué pienso cuando aseguro las puertas y esquivo las pestes, y me aferro a eso que tenemos que perder.
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Saturday, April 18, 2009


Puerto calcinado (2002)
Editorial Externado de Colombia
Nadie Nos edita editores (2008)


Puerto Quebrado

Si supieras que afuera de la casa,
atado a la orilla del puerto quebrado,
hay un río quemante
como las aceras.

Que cuando toca la tierra
es como un desierto al derrumbarse
y trae hierba encendida
para que ascienda por las paredes,
aunque te des a creer
que el muro perturbado por las enredaderas
es milagro de la humedad
y no de la ceniza del agua.

Si supieras
que el río no es de agua
y no trae barcos
ni maderos,
sólo pequeñas algas
crecidas en el pecho
de hombres dormidos.

Si supieras que ese río corre
y que es como nosotros
o como todo lo que tarde o temprano
tiene que hundirse en la tierra.

Tú no sabes,
pero yo alguna vez lo he visto
hace parte de las cosas
que cuando se están yendo
parece que se quedan.

Llanto

María,
hablo de las montañas en que la vida crece lenta
aquellas que no existen en mi puerto de luz,
donde todo es desierto y ceniza
y es tu sonrisa gesto deslucido.

Allí es Enero el mes de los muertos insepultos
y la tierra es el primer cadáver.
María,
¿No recuerdas?,
¿No ves nada?
Allí nuestras voces son desecas
como nuestra piel
y se nos queman los talones
por no querer saber
de las casas incendiadas.

Hablo María
de esta tierra que es la sed que vivo
y el lecho en que la vida está enterrada.

Piensa niña,
en que esto no es vivir
y la vida es cualquier otra cosa que existe
húmeda en los puertos donde el agua sí florece,
y no es hoguera cada piedra.

Acuérdate, María,
que somos
pasto de perros y de aves,
hombres calcinados,
cortezas vacías
de lo que éramos antes.
¿De qué estás hecha?, niña mía,
por qué crees que puedes coserle la grieta al paisaje
con el hilo de tu voz,
cuando esta tierra es una herida que sangra
en ti y en mí
y en todas las cosas
hechas de ceniza.
En nuestra tierra,
los cuervos lo miran a uno con tus ojos
y las flores se marchitan
por odio hacia nosotros
y la tierra abre agujeros
para obligarnos a morir.

Fervor de tierra


Que este hambre propio
existe,
es la gana del alma
que es el cuerpo.

Blanca Varela.

Yo digo
fervor de tierra,
y es la maleza
que es el tiempo
y es la maleza
que es Dios
creciendo en descampado,
la maleza de Dios,
que es el cuerpo.

Pero nadie se ocupa del fervor
del sagrado corazón,
sagrado pulmón,
nuca,
falange,
costilla
del sagrado húmero ya no se ocupa nadie.

Yo digo
fervor de tierra
y es la rabia que cosecha el cuerpo
que lo taja
y lo hunde en la maleza de los días.

Tenemos un fervor ufano,
profano,
fervor desde arriba,
desde abajo
y en la tierra
que es donde ponemos la herida que nos hizo la mano de Dios:
el cuerpo.

Yo digo
fervor de tierra
y es la maleza
la rabia que nos siembra
en la tierra del fervor.




Historia

Mi confesión tiene miedo
aún así,
deja que pase
que esto que escribo no es como hablar,
niño,
sólo es dejar de hacerlo
y la que nada puede
es la que dice que no
que me tapo el vacío con el cuerpo
y lo que oigo
no es el sonido
de lo que viene a instalar la madrugada rugiente,
los estíos
las pérdidas,
sino la voz
de los que no te dejan dormir
cuando dicen
que hay que pagar por el sueño
y acordarse de lo peor
que es Dios resbalando
en las mejillas
de los niños
que saben que van a morir.
Mi confesión tiene miedo
pero esto que escribo
no es como hablar, te digo,
sólo es dejar de hacerlo
me tapo el vacío del cuerpo
que es lo que como
y rompo
y malgasto
en la trastienda del amor
y la palabra
que es la que nada puede
es la que dice
que no guardes mi tiempo plisado
en tu baúl de escolar
mientras confieso
que no hago otra cosa que mirarte
y que esto que escribo no es como hablar
que me tapo con vacío el cuerpo
que es lo que tomo
y rompo
y reclamo
en la trastienda del amor.
Mi confesión tiene miedo
y dejas que pase
y los que no nos dejan dormir son los que dicen
que Dios resbala en la mejilla de los que
van a morir temprano
y se acuerda de lo peor,
de que esto que como
y rompo
y malgasto
es la trastienda de mi amor.
Y los que no nos dejan dormir
saben
que hay que pagar por el sueño
y doblarlo
y temerlo
arrugado
en tu baúl de escolar
que es lo que nada puede
pero dice
que me gusta saber que estás cerca
y que escribo para no hablar
de los días
y de lo que urgente
se prepara para pasar.


Laberintos

Sé que caminamos por vías paralelas
hacia el centro de algo.
Pero mientras anochece en ti y en mí
ya no hay retorno.
No ignoras que para Ariadna
el hilo era una forma de llegar adentro.

Sunday, April 12, 2009

El hombre y la Mujer


Durante un tiempo, que entonces parecía largo, Aura entendió que en la casa de su padre, cuando menos, los niños eran justa y solamente niños, unidos y revueltos, sólo eso. Mientras que los hombres eran hombres y mujeres las mujeres, ella y sus hermanos eran niños para nombrarlos y vestirlos, como si algo de lo que eran para entonces hubiera sido perfectamente intercambiable, es decir, imposible de separar, como incluso los quehaceres cotidianos exigían constatarlo. Lo sabía el padre que compraba siempre cuatro duraznos rigurosamente idénticos, y lo sabía la madre que los dormía siempre con un idéntico beso y los juntaban para casi todo.
Mientras fueron niños Aura casi no sentía qué otra cosa además del nombre iba a poderla separar de sus hermanos, mientras fueron niños Aura casi no sentía que era ella la única mujer. Eran justo y solamente niños, temían a cosas invisibles y nada podía separarlos.
Ahora bien, hay siempre un día en que la madre determina compartir su miedo con sus hijos y así es como decreta el final de la niñez. Bernardina les dejó saber a ellos de repente que en la casa había problemas económicos, dijo “nosotros” y los incluyó de repente en este mundo, en el mundo particular de los que viven de manera muy modesta en el sur de Italia de los años 10, donde ciertas cosas se estaban acabando para siempre.
Fue así, Francesco y Paolo, los hermanos mayores, que apenas tenían cuerpo de muchachos, miraron a su madre fijamente por primera vez. Alguna parte de lo que de ese modo habían comenzado a ser se atemorizaba, pero otra –mucho más preciosa para ellos- se gratifica y casi celebra la invitación. Todo indica que sin ellos la vida no seguirá siendo vida en adelante. Todo indica que se han picado de la voluntad de componer las cosas a su modo. Aura misma recordó dos días antes cuando vio a su padre a las cuatro de la tarde separando monedas en la mesa, Francesco siempre tiraba torpemente las monedas, pero ahora las había estado separando, lentamente, como un niño y por eso Aura es quien fijó la mirada en la nada por primera vez. Alguna parte de lo que ella comenzaba a ser estaba desmedidamente triste y al revés de los hermanos no temía por ser capaz de componer las cosas a su modo, temía por la parte de la vida que se vuelve incorregible, temía que tal vez hubiera en el alma de su padre una región ahora inconsolable.
En ese momento ella tuvo una primera y refinada noción de la piedad, que era justamente la verdadera diferencia, la parte de su ser que no era intercambiable.
Aura y los hermanos recibieron su miedo natural a lo visible y de ese modo la madre decretaba el final de la niñez. Se habían separado de repente. Los hombres se habían vuelto hombres y la mujer ya era una mujer.